La chica que miraba las nubes

Yo fui una adolescente del tipo romántico-sensible; me gustaban los cielos grises, las historias de amor imposible, y leer poesía. Como la mayoría de los adolescentes romántico-sensibles, también solía caminar mirando al suelo, por aquello de mi rico mundo interior y también porque era muy tímida (lo sigo siendo, pero con los años he aprendido a disimularlo mejor; lo de romántico-sensible y lo de tímida) Hasta que un día mientras caminaba por la calle, vaya usted a saber por qué, se me ocurrió levantar la cabeza. Y se me abrió un mundo completamente nuevo.

¡Anda, coño!

De repente, había descubierto el mundo que se eleva por encima de nuestras cabezas; y que es mucho más bonito y entretenido que el nivel del suelo. Viviendo en Madrid, me di cuenta de que hay muchísimos edificios preciosos, en los que nunca había reparado por ir mirándome los zapatos. Parece ser que lo de agachar la cabeza no es exclusivo de los romántico-sensibles, ya que bastantes veces a mi “¡Mira ese edificio, qué bonito!” la persona que iba conmigo ha respondido “No lo había visto”.

Pero sobre todo, y levantando un poco más la cabeza, he descubierto el maravilloso mundo de las nubes.

Y es que, a base de mirar el cielo, uno se acaba enamorando de las nubes. Esos seres de agua que se deslizan como si tal cosa a nuestro lado cuando vamos en avión, pero que vistos desde la tierra parecen misteriosos animales inalcanzables, navegando sobre nuestras cabezas. Se cuelgan en el cielo y el sol resbala entre ellas, regalando paisajes cambiantes de increíble belleza a todo aquel que se moleste en mirarlas.

Desde que empecé a levantar la cabeza, me he ido aficionando más y más a mirar las nubes. Observarlas detenidamente es una experiencia peculiar, se acaba entablando una especie de diálogo telepático con el cielo. Personalmente, siempre acabo en un estado mental y anímico diferente; mirar las nubes me saca de mi mente, la pone a airearse y me la devuelve más ligera que antes.

Der Himmel über Berlin

Tal es mi afición, que cuando hace años descubrí que había una sociedad de amigos de las nubes, me faltó bien poco para hacerme miembro; y aún hoy de vez en cuando le doy vueltas a la idea.

Lo que sí he hecho es añadir mi amor por las nubes a mi pasión viajera. Y es que siempre que viajo, me encanta levantar la vista más que nunca, y sumergirme en los cielos del sitio donde esté. Cuando uno mira regularmente hacia el cielo, se da cuenta de lo diferente que es en cada lugar del mundo; incluso entre ciudades del mismo país. El color, la luz, cambia totalmente si uno se va unos cientos de kilómetros más allá. Hay ciudades con cielos particularmente bonitos, como Berlín; y otras como Madrid, que aparte de que tenga unos cielos espectaculares, para mí tienen un encanto especial. Aunque esté felizmente exiliada desde hace tres años, sigo siendo madrileñísima de corazón.

El Templo de Debod, uno de mis rincones favoritos de Madrid.

El caso es que, allá donde voy, siempre echo una o varias fotos a las nubes. Quien ha viajado conmigo o me ha visto hacer fotos, sabe que en uno o varios momentos voy a levantar la cámara por encima de cabezas y edificios. De vuelta a casa, me encanta revisarlas, y recordar mientras lo hago ese efímero instante en el cielo que ya no está ni volverá jamás. Ya que si algo son las nubes por naturaleza, es cambiantes.

Siendo amante de las nubes, tengo la fortuna de vivir en la tierra del mar de nubes; y junto a la playa de Las Canteras, el lugar con los atardeceres más bellos que he visto nunca.


Como en cuanto a temas cielísticos se refiere es mejor mirar que describir, he seleccionado las fotos de nubes que más me gustan de todas las que tengo, y he creado un álbum en Flickr para recopilarlas. Espero que si alguien lo ve y le gusta, se anime a parar un momento este ritmo endiablado en el que vivimos, y dirija su mirada hacia arriba; y así descubra, como lo hice yo, el maravilloso mundo que se extiende por encima de nuestras atribuladas cabecillas.

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