Oporto, amor de francesinha (Llegada)

El 2010 fue un gran año viajero. Con nuestra situación laboral más estable, y los asaltos de Iberdrola a nuestras cuentas un poco mermados, aprovechamos para desquitarnos de los viajes que no habíamos podido hacer el año anterior. Salimos dos veces en el mismo verano, en estancias cortas pero que aprovechamos mucho. Una de ellas fue para casi morir en Marsella, y la otra respondió al deseo de mi cónyujo de conocer Portugal. Tras dudar entre varios destinos, finalmente decidimos pasar un fin de semana en Oporto.

Toma jeroma.

Ehm… vale, esto no es exactamente lo que uno espera encontrarse en Oporto, pero de verdad que es una calle de allí y que la foto está hecha por mí misma.

A pesar del aterrizaje modo “veo mi vida pasar en diapositivas” que tuvimos en Marsella, decidimos repetir con Ryanair; y esta vez, la experiencia fue bastante más plácida. Nuestro alojamiento sería en el Grande Hotel do Porto, que encontramos buceando por Internet y elegimos porque tenía buen precio y buena pinta. Resultó ser uno de los grandes descubrimientos del viaje. Primero, porque está en plena Rua Santa Catarina, centriquísimo y un lugar de partida perfecto para explorar la ciudad.

Y segundo pero no menos importante, porque tiene un encanto especial. Es un hotel que debió ser de superlujo en otros tiempos, y aunque ya no está en sus mejores años, se encuentra perfectamente conservado. Es una gozada recorrer sus pasillos y suntuosos salones, sintiéndote como una diva o un famoso artista bohemio en los años 40.

La vida antes del minimalismo.

En el pasillo central hay una miríada de pequeños cuadros, que son dedicatorias firmadas de los personajes ilustres que han pasado por el Grande Hotel. Este pasillo conduce a un salón enorme, que debía ser el gran salón de los bailes de vestidos largos en los buenos tiempos del hotel. A día de hoy es donde se sirve el buffet de desayuno. Sillas y mesas estilo Sisí, vajillas y comida muy cuidados y hasta un piano de cola… si algo se le puede reconocer al Grande Hotel do Porto es que trata a sus clientes como si fueran las superestrellas que lo visitaban hace 40 años.

Para llegar a nuestro Grande Hotel, cogimos el metro en el aeropuerto hasta la estación de Bolhao, que es la más cercana. El Metro de Oporto viene siendo más bien un tranvía, que en algunos puntos va algo lento. Pero funciona bastante bien, no es caro y tiene buena frecuencia. Llegamos a nuestro destino sin problemas, mirando el paisaje cambiante a medida que nos acercábamos a la ciudad.

Uno de los cuadros del hotel, firmado por el Dalai Lama.

Uno de los cuadros del hotel, firmado por el Dalai Lama.

No sé si seguirá allí con la crisis, pero cuando nosotros fuimos, junto a la máquina de los billetes de metro en el aeropuerto había un muchacho que te ayudaba a comprarlos dependiendo de dónde quisieras ir. Para variar, me tomó por guiri y estuvo luchando con su inglés hasta que se dio cuenta de que éramos españoles.

Entre que llegamos y nos acomodamos, ya era de noche, por lo que sólo tuvimos tiempo de pasear por Santa Catarina y alrededores buscando un sitio para cenar. Nos acabamos decidiendo por una cafetería que estaba justo al lado del hotel; íbamos a pedirnos unas hamburguesas, cuando el camarero nos dijo que si nos permitía hacernos una recomendación, y nos señaló una especie de mega-sándwich.

Poco sabíamos en ese momento que lo que nos iba a traer sería uno de los descubrimientos gastronómicos que han marcado nuestras vidas; un festival de sabrosos triglicéridos que es el mejor invento que ha aportado Portugal a la humanidad: la francesinha.

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