Lugares: el Jardín Botánico de Madrid

Aunque está justo frente al Museo del Prado, el Jardín Botánico (o su nombre oficial que me niego republicanamente a utilizar: Real Jardín Botánico), no es de las atracciones más conocidas de Madrid. Nunca he sabido exactamente por qué, aunque puedo aventurar algunas suposiciones. Por una parte, en la era de los entretenimientos que suelen atiborrar al espectador de estímulos multimedia, es difícil vender el encanto que puede tener pasear mirando un montón de plantas y sus nombres en unos carteles. Probablemente, mucha gente piensa que si quiere pasear por un parque, puede hacerlo gratis por el Retiro que además está muy cerca. Pero también imagino que hay una cierta parte de responsabilidad de los propios gestores del Botánico, que no se ocupan o no pueden hacer el tipo de publicidad que daría más visitantes; por ejemplo, cuando estuvimos la última vez descubrimos que han organizado una actividad para niños en forma de investigación detectivesca, pero en ningún medio de comunicación se encuentra ni rastro de la existencia de esta actividad.

De cualquier forma, yo creo que merece muchísimo la pena pagar los 2,50€ que cuesta la entrada sin ningún tipo de descuento. El Botánico no es inmenso, pero sí lo suficientemente grande como para pasar unas buenas horas recorriéndolo, y que aún así queden rincones pendientes para continuar la visita otro día. Una de sus grandes ventajas es que se puede y se debe visitar varias veces, en distintos puntos del año y con diferentes climas. Por su propia naturaleza, es un organismo vivo que va cambiando a medida que pasan las temperaturas y las estaciones, y siempre se puede descubrir una cara distinta que no se conocía.

Y es que el Botánico se debe disfrutar como todas las cosas buenas, saboreándolo poco a poco y con calma. Excepto lógicamente si uno se acerca a la valla exterior, entrar en el Jardín es como acceder a una especie de burbuja fuera del tiempo; nada indica que estemos pegados al Paseo del Prado. Paseando y mirando por los caminos de este refugio vegetal, nos vamos dejando invadir por la calma que se respira en todos sus rincones. Debe haber algún tipo de mecanismo que apaga el estrés y las prisas de la misma forma que una vela cuando la tapamos con una campana.

No sólo se puede caminar, contemplar y ver asombrados que sí, nosotros también tenemos paz interior; las diversas zonas de árboles, flores y arbustos tienen por supuesto los cartelitos carismáticos que todos asociamos a la idea de jardín botánico. Y también hay a lo largo y ancho del parque placas explicativas sobre algunas especies, plantas o incluso sobre los principios de jardinería inglesa bajo los cuales se han ordenado ciertas partes del Jardín.

Para nosotros, urbanitas de pro que lo más de cerca que hemos visto una vaca es en las figuritas del Belén, resultan de especial interés didáctico las partes dedicadas a los frutales, verduras, y hortalizas. A las plantas que se comen, vaya. Es curioso y bastante divertido comprobar que las frutas no se materializan en el aire por obra y gracia del señor Mercadona, y ver cómo es la planta de la rúcula antes de ser cortada, lavada e impecablemente empaquetada.

En realidad, la visita merece la pena sólo por saber que el pimiento ornamental existe como concepto y como ser vivo.

La sección de bonsais es fantástica y más grande de lo que se pudiera esperar, por supuesto con algunos de los ejemplares cedidos por Felipe González. Si el único bonsai que has visto en tu vida es el que le regalaron a tu primo por su cumpleaños, que se puso marrón como tú no sabías que se podía poner marrón una planta y menos en tan poco tiempo, es casi visita obligada. No soy muy favorable al concepto de bonsai por la tremenda manipulación de la planta que implica lograr hasta el más simple de ellos, pero tengo que admitir que los ejemplares bien trabajados son de una belleza espectacular.

Aún tengo pendiente una vuelta por los invernaderos, que no me impresionaron demasiado cuando los vi por primera y única vez, seguramente debido a la falta de atención y al exceso de gente. Y en mi última visita descubrí la tienda del Jardín; que, además del merchandising habitual a los precios de costumbre, tiene un buen surtido de paquetitos de semillas que también incluyen indicaciones de cultivo. Yo tengo unas semillas de pimiento esperando pacientemente que llegue el mes de febrero para plantarlas; o más bien, soy yo la que espera ansiosa el momento, con la expectativa de algún día darme el gustazo de comerme una ensalada hecha con mis propios pimientos.

Por dos eurillos de nada, el Jardín Botánico se merece que le demos la oportunidad de descubrirlo. Existen muchas probabilidades de que la próxima vez que pasemos por delante de su puerta silenciosa, miremos el monedero y decidamos aprovechar ese dinerillo suelto para hacernos un regalo. Un regalo Botánico.

Album en Flickr de mi última visita al Jardín Botánico aquí.

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2 Respuestas a “Lugares: el Jardín Botánico de Madrid

  1. Hola, Miriam, soy Carme (unah). Me encanta este blog tuyo y te aseguro que la próxima vez que visite Madrid no dejaré de ir al Jardín Botánico porque estoy convencida, después de lo que he leído de que me gustará.
    Un beso.

    • Hola guapa! Estoy encantadísima de que estés por aquí, muchas gracias por pasarte y comentar!

      El Botánico es un sitio especial que a mucha gente se le pasa por alto; cuando puedas ir a Madrid y visitarlo, lo comprobarás por ti misma. Espero leer uno de tus maravillosos paseos, por el Botánico 😉

      Un besazo enorme

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