Barcelona 2007 y la curación emocional

Hay sitios que curan. Que cargan las pilas. Tierras que sólo con pisar ya te sientes un poco más alegre que antes. Respiras hondo, miras alrededor y notas cómo algún mecanismo dentro de ti empieza a funcionar mejor.

Por alguna razón, Barcelona tiene este efecto sobre mí. Siempre que he ido, me he llevado encima una o varias heridas mentales de calibre más o menos importante (estas razones sí las conozco) Y aunque no he vuelto completamente renovada, porque Barcelona al fin y al cabo no es la purga de Benito, sí lo he hecho con más fuerzas y un poco menos de dolor.

A principios de 2007, me encontraba prácticamente en el fondo del pozo. Era vagamente consciente de que necesitaba ayuda para empezar a salir; que la absurda idea de “Yo puedo salir adelante por mí misma sin ayuda de nadie” realmente nunca había funcionado, y tampoco lo haría esta vez.

Necesitaba cambiar de paisaje, alejarme de una vida que ya me venía pesando demasiado. Tenía el dinero para hacerlo. Sin darle muchas vueltas, decidí pasar el puente de Mayo de aquel año en Barcelona.

Cómo habían cambiado las cosas en unos pocos años. Antes, mis opciones para llegar a Barcelona se reducían prácticamente al autobús y a los coches de otras personas. Pero a finales de Abril de aquel 2007, ni insufribles noches de 8 horas en autobús ni viajes en coche de los de antes con parada en vía de servicio. Llegué como una reinona: en avión.

Demostrando que la cantinela de que estoy sola no es más que un invento de la parte podrida de mi mente para conseguir que realmente lo esté, tras aterrizar en El Prat vino a mi encuentro el que por aquel entonces era un muy buen amigo. Aunque hayamos perdido el contacto con el paso del tiempo, sigo recordando nuestra amistad con mucho cariño, y especialmente aquellos días en los que con toda la paciencia del mundo nos paseó a mí y a mi tristeza por media Barcelona.

También estuve como una reina en casa de mi tía abuela, quien a pesar de no haberme visto ni hablado conmigo desde hacía años, me acogió encantada de la vida en su casa durante aquellos días. Conversar con ella en esa mezcla única de español y catalán que habla se convirtió en el mayor reto lingüístico que he afrontado desde que empecé la carrera. Siendo un caracol casero que cuando me alejo del hogar me muero por volver cuanto antes, me sentí tan a gusto que me dio mucha pena marcharme.

Los días consistieron, fundamentalmente, en pasear. El primer día esto no supuso un gran reto, ya que como puede verse en la primera foto, hacía un rico solito de primavera. Paseamos, paramos, comimos, hablamos, nos callamos, y hasta dejé un dibujo en la libreta de mi amigo (daba un poco de risapena entre sus dibujos y los de sus amigos dibujantes, pero me hizo mucha ilusión)

Por la noche fuimos a Gràcia, y en un bar vimos la actuación de Nelson Poblete, un cantautor chileno que como muy bien describió mi amigo “No ha superado el siglo XV”. Acabó de esos pequeños conciertos que crean una gran magia entre los músicos y el público, y disfruté tanto que le compré su disco recién salido: Ventanas Borrachas. Editado por la discográfica con el mejor nombre del mundo: Batiendo Récords, con unas varillas de batir como orgulloso logotipo. Todavía lo escucho de vez en cuando; cuando lo hago, siempre cumplo dos rituales: echar una sonrisilla mirando el logo de la discográfica, y ponerlo de principio a fin (saltándome mi costumbre de escuchar canciones sueltas)

Los siguientes días el tiempo ya no acompañó tanto, y de hecho empezó a llover como sólo en Barcelona sabe hacerlo: sin parar. La lluvia de Barcelona es tan insidiosa que te acaba poniendo de mala uva; acabas por enfadarte con la lluvia por no parar de una puñetera vez. Por suerte, ni mi amigo ni yo solemos tener ningún problema en caminar bajo la lluvia, así que seguimos yendo de un lado a otro como si hiciera un día estupendo.

De hecho, yo quería ir al Parc Güell para verlo por fin en mi tercera o cuarta visita a Barcelona, y allá que nos fuimos tranquilamente. A ratos la lluvia nos respetó un poco, y a ratos agradecimos las galerías columnadas que nos permitieron recorrer parte del parque a cubierto.

Caminamos por buena parte del parque, centrándonos especialmente las zonas menos conocidas. En la parte alta vimos una casa preciosa y tremebunda, que a día de hoy no he podido averiguar si está habitada, si forma parte de los elementos del parque y tiene algún nombre particular, o qué narices es. Todo lo que pude hacer para saciar mi intriga fueron un par de fotos.

Durante aquellos paseos eternos, la noche en Gràcia, las conversaciones en casa de mi tía abuela, desfilaron varias cosas por el interior de mi mente. La mayoría, pesimistas y negativas, como correspondía a mi estado en aquel momento. Pero también se plantó, en una semilla muy pequeña, una certeza. La de que yo podía, por mí misma, cambiar las cosas. Cambiarme a mí. Tenía el poder, la capacidad. Para realizarlo, bastaba hacer cosas como coger un avión y perderse por unos días en otra ciudad. Simplemente había que hacerlo, levantar el pie y dar el paso.

También aprendí que para conseguirlo, necesitaba acumular fuerzas. Nadie puede por sí mismo, sin ayuda, sin nada ni nadie que lo anime. Hay que reponer la energía cuando se gasta, y a menudo no es suficiente con pararse a descansar. Es como si sacarámos agua continuamente de un cazo. Podemos volver a meter el agua utilizando una cuchara. Si otra persona además echa agua con una botella, y a una tercera se le ocurre mientras tanto encender el fuego y echar un Avecrem, al final el cazo estará lleno de un caldo calentito.

En Barcelona me hice un poco más fuerte, y cargué las pilas. Sola, pisando las baldosas desgastadas de camino a la estación de Urgell, me sentía reconfortada. Los hombros se relajaban un poco, y notaba ese calorcito que el cuerpo genera cuando trata de aliviar la contracción de los músculos.

En Barcelona alivié mi tristeza. Y hoy, seis años más tarde, podría regresar a celebrar mi alegría.

Album de Barcelona 2007 en Flickr aquí.

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