Mi vida en Nijmegen

Aunque parezca mentira, en Holanda no sólo de bicicletas vive el hombre. Los paseos en bici formaban una parte importante y bonita de mi vida diaria, pero no eran la única.

Torrijas y dulces holandeses, lo mejor de dos mundos.

Estando de Erasmus, obviamente una gran parte del tiempo lo pasaba en la universidad. Al menos en mis tiempos, la Katholieke Universiteit se situaba en un recinto precioso; muchas calles estaban empedradas y la mayoría de las facultades estaban en pequeños edificios de dos o tres plantas, que estaban muy bien equipados por dentro. Había excepciones, como mi facultad. Teniendo un vértigo que me hace sudar si tengo que subir a lo más alto de una escalera de mano, me tuvo que tocar en el único edificio de 20 plantas de todo el campus. Además, la entrada se hacía por una puerta giratoria, que debe ser una de las cosas que más odio en este mundo. Y teniendo tantos pisos, muchas veces tenía que coger el ascensor, que estará a pocos puestos por detrás de la puerta giratoria en la escala del odio. 3×1, señora. Cierta deidad debía sentirse guasona el día que pedí la beca. Tuve la suerte de que mis clases se daban casi todas entre el segundo y tercer piso; sólo una de ellas se daba en el piso 12, y la única clase a la que fui la pasé tratando de atravesar la pared en mi afán por alejarme de la ventana. Creo que era una optativa que debí cambiar por otra.

A pesar de los inconvenientes logísticos, disfruté mucho estudiando en la Radboud (por utilizar el nombre actual) Por diferencias en el plan de estudios, tuve que estudiar algunas asignaturas que ya tenía; y precisamente por eso, pude apreciar la enorme diferencia tanto en la forma de dar como recibir las clases. Creo que la Complutense tiene unos profesores que son verdaderos expertos en sus materias; el plan que yo estudié era muy completo y además te permitía elegir entre cinco especialidades – algo que se agradece cuando antes solamente se podía elegir entre Lingüística o Literatura, y hay carreras como Psicología que incomprensiblemente no tienen especialidades. Pero ya  cuando yo estudiaba, la forma de adquirir esos conocimientos estaba obsoleta; seguía el patrón oxidado del profesor hablando durante toda la clase, los estudiantes tomando apuntes, y examen al final del cuatrimestre para ver si habéis comprado el libro del profesor. En la Radboud las clases eran sobre todo participativas; se daban unas directrices generales de cómo estudiar los temas, y se esperaba que los alumnos se los preparasen por su cuenta para luego discutirlos en la clase. Una vez superada la timidez para participar que traíamos todos los españoles, y olvidando que los estudiantes holandeses tenían un inglés que dejaba en ridículo a los mejores de nosotros, las clases se convertían en toda una experiencia.

Había varias cosas que también compensaban el martirio de la puerta giratoria y los ascensores. Una de ellas era la biblioteca; no demasiado grande pero muy bien surtida. Con la pasión por mis estudios recién renovada, aproveché todo lo que pude aunque me faltó tiempo para leer todo lo que hubiera querido. Tenían varios libros sobre las hermanas Brontë, por cuyos libros siempre he sentido un apego especial, y esos sí que los engullí cual pavo literario. La mayoría del conocimiento sobre las Brontë y su literatura, que conservo casi intacto a día de hoy, me lo dieron esos libros. Es por eso que Nijmegen y las hermanas Brontë quedaron unidas en mi memoria, y cada referencia a las escritoras me devuelve la sensación de estar tumbada en la cama de mi habitación, leyendo.

También tenía acceso a la cafetería más grande del campus (de cuyo nombre quiero acordarme, pero no puedo); aunque había otras cafeterías más pequeñas, aquella se consideraba la principal y se llenaba con gente de todas las facultades. Prácticamente todo, desde la bollería hasta el menú diario, se cogía en una especie de buffet gigante. El espacio para comer también era enorme, y muy agradable excepto en las horas punta. Todavía conservo un par de tazas que… ejem, cogí como recuerdo.

Fuera de la universidad, los días eran fundamentalmente plácidos; disfrutaba de las pequeñas cosas de cada día. Como ya dije, nunca he sido aficionada a ir de fiesta, lo que me hizo una estudiante Erasmus tristemente peculiar. Sí que fui a alguna fiesta de las muchas que organizaban los estudiantes en sus casas, más que nada las que organizaban amigos o conocidos de amigos. Pero las fiestas siempre fueron una parte muy marginal de mi experiencia. Muchos buenos momentos los pasé en Hoogeveldt, la residencia de estudiantes en la que me alojé durante toda la estancia. El complejo se divide en varios edificios, cada uno de los cuales alberga cuatro pisos de estudiantes que allí se conocen como corridors. Cada corridor tiene una cocina-comedor que suele hacer de sala común, y unas 16 habitaciones individuales con su lavabo y su espejo. También había unos cuantos baños compartidos, que a mí me ocasionaron grandes sufrimientos junto con la cocina por diferencias culturales respecto a la limpieza.

Algunos corridors eran multiculturales, con estudiantes de diferentes países; en el mío eran todo holandeses excepto el ocupante de la “habitación Erasmus”, que aquel año fui yo. A pesar de los malos momentos higiénicos, todos eran muy agradables; con algunos de ellos trabé verdaderas amistades, que se disolvieron con la distancia como tantas veces suele ocurrir. Recuerdo con especial cariño las noches que pasaba con dos de ellos en lo que dimos en llamar el 3 O’Clock Club. Como los tres éramos grandes trasnochadores, después de las 12 cuando todo el mundo se había ido a dormir, salíamos de forma espontánea a la cocina para servirnos un té o picar algo. Después de las primeras coincidencias, sin acordarlo explícitamente empezamos a reunirnos en la cocina a altas horas, para charlar mientras tomábamos té. Comentando todo tipo de temas, de lo divino y lo humano, era frecuente que nos quedáramos despiertos hasta pasadas las tres de la madrugada.

Durante el día, pasaba mucho tiempo yendo de compras; aparte de las sesiones sociales de mirar tiendas, empleaba mucho tiempo en comprar comida. Mis compañeros de corridor alucinaban viéndome sacar fruta y verdura de las bolsas de la compra. Cuando les dije que compraba en varios supermercados dependiendo de los productos, alucinaron todavía más. Siempre me ha atraído mucho la cocina; de pequeña solía quedarme fascinada mirando las recetas de las revistas, imaginando cómo sería prepararlas y a qué sabrían. Pero la cocina era monopolio de mi madre y antes no se llevaba eso de cocinar con los hijos, así que tuve que esperar a irme de Erasmus para hacer mis primeros pinitos gastronómicos.

Mi mejor amiga en Nijmegen vivía también en Hoogeveldt, y como hacer comida para dos es menos triste que para uno, solíamos juntarnos para comer. Hacíamos las recetas que nos habían dado nuestras madres por teléfono, o intentábamos cosas nuevas. Gracias a ella probé el arroz a banda, y un alioli casero que es el mejor que he comido en mi vida. Nuestro plato estrella era la tortilla de patatas, que a las dos nos salía genial, y siempre acompañada de su ensalada de lechuga con tomate. A nuestros respectivos compañeros se les dieron la vuelta los ojos cuando se la dejamos probar.

A pesar de ser embajadoras de nuestro plato más internacional, junto a otras amigas nos gustaba referirnos a nosotras mismas como las halfvolle, que es como se dice “semidesnatado” en holandés. Conservamos algunas de nuestras costumbres, pero también nos adaptamos mucho al estilo de vida holandés. Algunas de ellas tenían novios holandeses, yo pasaba más tiempo con mis compañeros de corridor que con cualquiera de los otros españoles de Nijmegen, comíamos a horas holandesas, tratábamos de hablar en holandés siempre que podíamos. Yo hice una vez el único plato típico que mis compañeros supieron enseñarme, y todavía conservo la receta de las oliebollen, un dulce típico navideño. En esto éramos muy diferentes del resto de españoles, que se juntaban en grupos y apenas tenían trato con no españoles, especialmente si no eran otros estudiantes Erasmus.

Así, aprovechamos la oportunidad única que se nos presentaba de sumergirnos de lleno en la forma de vida de otro país. Muchos estudiantes que conocí me miraban con pena y extrañeza cuando les contaba mis noches hablando con mis compañeros de corridor; a día de hoy, yo les compadezco a ellos, porque seguramente se lo pasaron muy bien pero se perdieron lo mejor de la vida en Nijmegen. Soy consciente de que la experiencia que viví me convierte en una privilegiada, y siempre estaré agradecida por haberla podido disfrutar.

Lo único que eché en falta fue visitar otras ciudades de Holanda, pero mi presupuesto no me lo permitía. El único sitio que pude ver aparte de Nijmegen fue ‘s-Hertogenbosch o Den Bosch (nunca he entendido de qué va el nombre de la ciudad, ni por qué se conoce de dos formas), a donde fuimos para ver el Carnaval. Y es que mucha gente no sabe que en Holanda también se celebran mucho los Carnavales, especialmente en la zona sur del país. A pesar del frío castigador que hacía ese día, el ambientazo que había en toda la ciudad bien mereció las penurias de esperar el paso de la cabalgata. También probamos las Bosche bollen, otro dulce típico (empiezo a pensar que a mí los países y las culturas me entran por el estómago…)

Que viene la caballería!

Hubo muchos más momentos memorables: las cervezas y los bailes en el O’Sheas, la megabarbacoa en la que participó todo Hoogeveldt, las visitas de mi chico y mi madre que era la primera vez que viajaba al extranjero, los paseos por el bosque enorme que llega a la frontera con Alemania… es muy difícil resumir nueve meses en unas palabras, especialmente nueve meses tan intensos y especiales.

Cuando volví a Madrid, se me cayó la ciudad encima. Había aprendido a amar la tranquilidad, las distancias pequeñas y la naturaleza omnipresente. Antes de Nijmegen, era una cosmopolita amante de las grandes ciudades, pero mi concepto de la vida que deseaba cambió por completo estando allí. Pasé años deseando huir de un Madrid que me asfixiaba cada vez más. No pude quedarme a vivir en Nijmegen, y tampoco he vuelto como visitante. Pero siempre me sentiré ciudadana de Nijmegen, y sé que el día que vuelva a cruzar en tren el puente sobre el río Waal, sentiré como antes que vuelvo a casa.

Album de Nijmegen en flickr aquí.

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4 Respuestas a “Mi vida en Nijmegen

    • Hola yacory!

      Perdona que haya tardado tanto tiempo en contestarte, en los últimos tiempos no he podido pasarme apenas por el blog.
      Hace mucho tiempo que yo estuve allí, pero si todavía te puede servir de algo, te doy algunos consejillos:
      – Hazte con una bici lo antes posible! Notarás lo importante que es en cuanto la tengas.
      – No sé si seguirán estando los mismos supermercados, pero yo compraba sobre todo en Coop y en Aldi. Coop no es el más barato, pero las cosas frescas tipo verduras y carne es el que mejor relación calidad-precio te da. Aldi está bien para cosas envasadas o precocinadas, tipo tomate frito.
      – Nijmegen tiene muchísima vida nocturna, pero lo mejor para conocer gente es apuntarse a las fiestas de estudiantes. En todas las residencias y casas de estudiantes dan varias a lo largo del año.
      – Durante el día, te aconsejo pasear por las calles del centro y la orilla del Waal. Si todavía está abierta La Commanderie, te la recomiendo del todo; es una cafetería muy cuca en la que te puedes sentar junto a la ventana, mirando al río.
      – Los Carnavales en el sur de Holanda se celebran mucho. Puedes ir a s-Hertogenbosch o Den Bosch, que está muy cerquita de Nijmegen, a 5 minutos en tren. Allí toda la ciudad se echa a la calle disfrazada para ver el desfile, y puedes comer las bossche bollen, que es un dulce típico de esa ciudad.
      – Ahora en Navidad son típicas las oliebollen; puedes intentar liar a algún holandés para que te dé la receta o incluso te invite a hacerlas, como me pasó a mí! Y dentro de muy poquito es Sinterklaas, que seguro que algún holandés ya te ha contado que viene de España.

      Espero no haber llegado demasiado tarde!
      Un saludo

  1. Y pensar que todavía me queda hasta julio de Erasmus y me ha entrado la morriña tras leer esta entrada xD

    Me alegra conocer a otra “desubicada” a pesar de ser de distintas generaciones, y además colegui de la Complu! 😀

    Un saludo (y Feliz Navidad, ya que estamos)

    • Qué suerte! Te tengo un poco de envidia sana, echo de menos Nijmegen como se puede ver por esta entrada 😉 Disfruta, ya te habrás dado cuenta de que es una ciudad muy especial.

      Que vivan los desubicados de la Complu! Llego un poco tarde para desearte Feliz Navidad, pero sí estoy a tiempo de desearte Feliz Año. Gracias por tu comentario y un abrazo!

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