Nijmegen, Nijmegen

Cuando me decidí a pedir una beca Erasmus, como anglófila perdida que soy mi destino preferente eran las Islas Británicas. Llevaba soñando con vivir en Inglaterra desde los 15 años, y tenía 21, así que hubiera sido demasiado bonito para ser verdad que hubiera podido cumplir mi sueño en aquel momento. Y de hecho, no fue verdad; había unas pocas plazas para 6 meses en Londres y solamente una de 9 meses en Edimburgo. Ya que me iba, yo quería vivir la experiencia el máximo tiempo posible, y descarté las opciones de 6 meses. Pedí Edimburgo como primera opción, y todavía no tengo muy claro por qué, Holanda como la segunda.

Lo más brillante de mi vida académica nunca fue mi expediente, así que otra persona con mejores notas que las mías se debió llevar la plaza de Edimburgo. A mí me tocó la segunda opción que había pedido, así que iría Holanda, a la Katholieke Universiteit (actualmente Radboud Universiteit) de Nijmegen.

Para mí, el solo hecho de que me hubieran concedido la beca me volvió loca de alegría. Se me concedían muchos deseos a la vez: vivir sola, vivir en un país extranjero (aunque no fuera Inglaterra), seguir estudiando mi carrera en otra universidad distinta (estaba hasta las narices del culebrón académico de la Complutense, hasta el punto de que el año anterior había estado planteándome dejar la carrera) Por fin podía cumplir el anhelo de escapar de la pesadilla de las ciudades de extrarradio sin nombre ni brillo, esa necesidad que tan bien describían Suede en sus primeros discos.

No todo era “desafío y diamantes”; tenía el agobio de no poder ahorrar suficiente dinero para mantenerme allí, de saber que las asignaturas que podría convalidar serían muy pocas y eso significaba un año extra, y la incertidumbre de no saber dónde me estaba metiendo porque aquella no era mi primera opción.

Los primeros días en Nijmegen fueron duros. Los pasé acostumbrándome a la soledad, a no entender las conversaciones que oía por la calle; conociendo a mis compañeros de piso, cuyas conversaciones tampoco entendía; y matando las arañas que habían tomado mi cuarto al asalto (con la aracnofobia que gasto, lo que me extraña es que no acabaran ellas conmigo) Una vez pasado el trauma del aterrizaje, saqué la cabecita de mi concha y empecé a disfrutar de una decisión muy bien tomada.

Como un angelico.

Uno de los primeros pasos fue hacerme con una bicicleta. Cualquiera que haya estado en Holanda, aunque sea de turismo, sabe que allí sin una bicicleta no eres nadie. Las bicicletas en Holanda tienen preferencia sobre todo y sobre todos: coches, peatones, Dios, la Reina, mujeres, niños y ancianos. Tuve el buen tino de hacerle caso a mis compañeros de piso, que me recomendaron comprar la bicicleta más vieja y chusmosa que fuera capaz de sostenerse sin ayuda. El sillín de la mía debía tener reiterados antecedentes por violación, así que tuve que invertir dinero adicional en cambiarlo, y también en otros tantos apaños más. Pero al final de mi estancia tuve el dudoso honor de ser prácticamente la única Erasmus a la que no habían robado la bicicleta ni una sola vez.

Yo tuve una infancia extraña, en la que todo lo aprendí más tarde que el resto de los niños de mi edad. A nadar me enseñó una vecina cuando ya no hacían flotadores de mi talla. A tirarme de cabeza me enseñó otra vecina, cuando ya vestíamos bikini y lo de tirarse a bomba era intolerable. A montar en bici sin ayudas (esto es, sin ruedines y sin familiares que sostuvieran la bici) aprendí más o menos a los doce años, y dejé de montar habitualmente un año después. Así que allí estaba yo, diez años más tarde, teniendo que domar una bici para que fuera un medio de transporte más habitual que mis piernas. Por algún motivo, soy experta en caerme de lado con la bici; tras desplomarme sobre mi propio eje unas cuantas veces, por fin aprendí a hacer que mi lata-bici me obedeciera. Al final de la estancia, yo al igual que todos los españoles que allí estuvimos, ya estaba imbuida del Sacrosanto Espíritu de la Bicicleta. Tenía tanto arte que era capaz de manejarla con una sola mano, o incluso sin manos (aunque yo el chiste de “¡Mira mamá, sin dientes!” lo tenía muy presente y rara vez soltaba las dos manos); volvía de la compra con las bolsas colgadas del manillar, como los indígenas; y aprendí a bajarme de la bici en marcha, que también lo hacían mucho esas criaturas de dios que nacen con una bici bajo el brazo.

Mi bólido de dos ruedas se convirtió en mi mayor aliado, y me proporcionó algunos de los momentos más bonitos de mi vida en Nijmegen. Siempre recordaré la noche que volvía del centro, pedaleando contra un viento furioso que me venía de frente y pensando que aquello debía ser una broma macabra de dios; aquella frase se convirtió en uno de mis relatos cortos, con el que todavía tengo pendiente hacer algo realmente valioso. Pero el verdadero placer de la bici eran mis largas excursiones en solitario. Siempre iba con los cascos puestos escuchando el discman; una costumbre que muchos me censuraron por peligrosa, pero que muy pocas veces fui capaz de abandonar. Con la música en los oídos, recorría el carril bici que se extendía por toda la ciudad, cambiando su color y textura según las zonas. Así pude apreciar una de las cualidades de Nijmegen, que es la de tener multitud de árboles. Por todos sitios crecen árboles enormes, frondosos, da igual si la zona es céntrica o de los barrios más modestos. Yo, que tengo varias fotos abrazando árboles de diferentes puntos del mundo, disfrutaba como una chiquilla pedaleando por las calles cubiertas de verde.

Como decía… mucho verde.

Una de mis paradas favoritas era la piscina cubierta. Estaba en un barrio relativamente apartado, donde no había concentración de Erasmus; la mayor parte del trayecto discurría por calles de adoquines flanqueadas por árboles centenarios. Cuando salía de nadar, ya de noche, me mataba la idea de pedalear de vuelta a casa. La recompensa solía ser un enorme plato de pasta que comía en el calorcito de la cocina-sala común.

Otro de mis sitios preferidos era el centro de la ciudad. De la Nijmegen antigua solamente queda un edificio en pie, gracias a las bombas “aliadas” en la Segunda Guerra Mundial (es lo que tiene estar tan cerca de Alemania, que te confunden) El resto es tan bonito que perfectamente podría pasar por un casco antiguo como tal. En la zona céntrica las calles son peatonales, así que había que dejar la bici aparcada. De hecho, debe ser uno de esos sitios que los holandeses marcan como Reserva Protegida Donde La Gente Te Mira Mal Si Vas En Bici. Llegaba por una de mis rutas establecidas, dejaba la lata-bici con la seguridad de que nadie la robaría, y paseaba por las mismas calles pequeñas de las que nunca me cansaba. Obviamente, era una zona comercial y había muchas tiendas. La que más me gustaba era una librería de dos plantas que vendía libros de segunda mano, algunos con una calidad que ya quisiera El Corte Inglés. Compré varios libros que aún conservo; uno de ellos fue un regalo muy especial. Había otras librerías más pequeñas, que tenían por costumbre dejar los libros de oferta en unas cestas metálicas, en la parte de fuera de la tienda. Estas cestas no estaban vigiladas, ya que como muchos españoles comprobaron y aprovecharon, el sentido de la picaresca es algo específicamente mediterráneo.

Sin embargo, cuando iba al centro a mirar tiendas, solía hacerlo acompañada. Los paseos entre tienda y tienda se convirtieron en aquella época en un acto social. Las conversaciones sobre temas personales, íntimos y mundanos, se sucedían; revolvíamos las cestas de libros, los estantes de ropa, los objetos domésticos que se convertían en nuestros pequeños tesoros. Mi mejor amiga en Nijmegen y yo desarrollamos una afición pasajera pero muy apasionada por el scrapbooking, y éramos capaces de pasarnos horas mirando accesorios y papeles especiales.

No es una postal, es una calle de verdad.

Y es que yo, a diferencia de muchos otros Erasmus, no fui a Nijmegen a pasarme las noches emborrachándome de fiesta en fiesta. Incluso llegaron a decirme que no sabían para qué había ido de Erasmus si no me gustaba salir. En aquel momento era demasiado débil mentalmente para responder, pero debería haberles preguntado qué hacían ellos en Nijmegen si lo único que disfrutaban ya lo tenían en sus ciudades de origen.

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10 Respuestas a “Nijmegen, Nijmegen

  1. Es un placer leer tus relatos de viajes. He venido a parar aquí sin conocer tu blog, pero me ha encantado. Gracias por compartir tu pluma y tus recuerdos.

  2. Ha sido un gusto leer tu paso por Nijmegen, sobre todo tu relato sobre la bici. Marcho para allí el próximo cuatrimestre y me gustaría preguntarte si la Universidad no tiene algún sistema de préstamo de bici o algo así. Yo voy por menos tiempo y no tenía pensado comprar una bici.
    Espero puedas comentármelo.
    Un saludo

  3. Hola María! Gracias por pasarte y dejarme tu comentario 🙂

    En la época en la que yo estudié, la universidad no tenía ningún sistema de préstamo de bicis; pero eso fue en 2004, así que pregunta porque puede que haya cambiado.
    De todas formas, habla con la gente porque seguro que alguien conoce a alguien que te pueda dejar una bici barata en caso de que tengas que comprarla. Y cuando te vayas, seguro que puedes vendérsela a otra persona, que es lo que hice yo. Siempre hay alguien que necesita una bici!

    Espero haberte sido de ayuda, y que disfrutes Nijmegen! Un saludo

    • Gracias a ti por pasarte y comentar, Jesús! Me alegro de que te haya gustado el blog, comentarios como los tuyos me animan a seguir posteando aunque estos días esté difícil encontrar hueco.
      Disfruta de Nijmegen! Un saludo

  4. Hola! He pedido la erasmus para el curso que viene para Holanda en esta universidad, aún no se si me la darán pero es la que más me ha convencido, con diferencia justo después de leer lo bien que hablas de tu experiencia allí. Me ha encantado leerte.

  5. Pingback: El demonio que se hizo hombre | HOMO HOMINI LUPUS·

  6. Encontre tu blog por casualidad y me he sentido tan identificada!! Acabo de llegar a Nijmegen a estudiar una maestría en Radboud, mi primera opción era Reino Unido, pero después busque en Holanda!!! Tengo menos de una semana aquí y estoy justo en la búsqueda de bicicleta!! Que asombroso mundo!!! 😀 Soy mexicana!

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