Marsella, sin morir en el intento (días 3 y 4)

Día 3

En muchas películas se ve el típico momento tipo “demasiadas veces para ser gracioso”, donde un personaje dice “Al menos ya no puede ir a peor”, y de repente empieza a llover. Algo así nos pasó en Marsella cuando nos levantamos el tercer día. Pensábamos que, después de arriesgar nuestras vidas tantas veces en un periodo tan corto de tiempo, ya no podría pasar nada más. Y aprendimos que siempre, siempre, hay una forma alternativa de morir (o casi)

Nuestro maravilloso City Pass (Mais oui, nous aimons le City Pass!) nos había informado de que había barcos que salían del Vieux Port hacia el Castillo de If o las Islas Frioul– en un principio pensábamos que el trayecto incluía las dos cosas, pero leyendo más detenidamente nos dimos cuenta de que había que elegir uno u otro.

Momento Wikiviajes: Por si no apetece demasiado leer los links, ofrecemos la versión resumida. El “castillo” de If es una prisión construida en el siglo XVI en la isla de If, que se hizo famosa porque aparece en “El Conde de Montecristo”, la novela de Alexandre Dumas. Frioul es un archipiélago de cuatro islas muy cercanas a la costa de Marsella, que incluye la isla de If, las dos islas a las que lleva el barco (Ratonneau y Pomègues) y la pobre isla de Tiboulen de la que no sabemos nada porque no es atracción turística.

Vista explicativa, click para agrandar

Después de mucho pensar, decidimos que nos parecía más interesante el Castillo de If. Ya teníamos localizado el puesto donde se compraba el pasaje, una caseta muy visible frente a la parte más comercial del Vieux Port. Allí había un cartel donde decía claramente que la disponibilidad de los trayectos estaba sujeta a las condiciones meteorológicas. A pesar de que ese día hacía muchísimo viento nosotros, aguerridos marineros, decidimos que no nos importaba correr el riesgo. Eso, y que no teníamos la posibilidad de hacerlo en otro momento, ya que abandonaríamos Marsella la mañana siguiente. Así se lo hicimos saber a la amable señorita que nos indicó que, debido al viento, ese día sólo salían barcos a las islas Frioul pero que de todas formas nos aconsejaba dejarlo para cuando el tiempo estuviera mejor. Tengo que decir que fue muy amable con nosotros, dejándonos su teléfono por si teníamos algún problema estando en las islas… e incluso hablándonos en español (visto que los franceses se desesperan si no hablas un francés con perfecto acento de Bordeaux y se niegan a hablar en la lengua de Shakespeare, fue todo un detalle por su parte)

Así que le dejamos los pedacitos de nuestro City Pass que nos daban derecho a hacer el trayecto gratis, y nos embarcamos felices y contentos hacia Frioul.

… almas de cántaro. Nos sentamos en la popa, en primera fila de los asientos que había junto a la barandilla, para disfrutar al máximo del paisaje portuario (nunca mejor dicho) Al principio todo iba bien: mira qué bonita la vista saliendo del Vieux Port, mira qué bonito el sol sobre el agua, pues tampoco era para tanto lo del viento… almas de cántaro, insisto. Nada más salir del abrigo del puerto comprendimos el por qué de las advertencias sobre no viajar con el viento. Los asientos de popa empezaron a balancearse cada vez más hasta parecer que estábamos montados en una montaña rusa enloquecida. Sabiamente, enseguida abandonamos la pose de valientes lobos de mar para meternos en el habitáculo del barco, donde al menos estaríamos protegidos de caer al bonito y encrespado Mediterráneo (que ese mar es una balsa de aceite, mis narices) Una vez dentro, mirando a proa nos dimos cuenta de los botes que estaba pegando el barco sobre las olas. Con cada salto pensábamos qué día tan bonito para naufragar, y los gritos de un grupo de adolescentes que nos acompañaban no ayudaban mucho a mantener la calma. Realmente la cosa no debía ser para tanto, ya que el dueño del barco y el que debía ser su hijo estaban tranquilamente de pie en la proa, riéndose sin disimulo de los gritos de horror. Pero para nosotros, incautos seres terrestres, aquellos saltos sobre el mar tenían peor pinta que el sonido de las trompetas anunciando el Juicio Final.

Y así abandonábamos el Vieux Port, inocentes y confiados.

Por suerte, los marineros que nos llevaban tenían mucha más experiencia y conocimiento que nosotros, y nos dejaron sanos y salvos en el puertecito de la isla Ratonneau. De no ser porque había una cantidad considerable de personas esperando en el puerto, habría besado el suelo como solía hacer nuestro querido Karol Wojtyla.

La isla de Ratonneau consiste en el puerto, unos cuantos restaurantes donde se sirve pescado fresco, algunas cafeterías donde cobran el capuccino a precio de oro, y playitas. Como no estaba el día para bañarse, decidimos cruzar el dique que conecta Ratonneau con la isla Pomègues, para seguir la ruta que recorre las calas y sube hasta los fuertes que aún se conservan. Las calas son muy pequeñas y escarpadas, por lo que no se puede descender hasta el mar, pero las vistas son realmente espectaculares. Una vez más, se hizo patente nuestra mala decisión de ir a pesar del viento; a medio camino decidimos volver, visto el riesgo de que las rachas más fuertes nos empujaran rodando rocas abajo.

La verdad es que las vistas merecieron el riesgo.

Aquí están las Islas Frioul, aquí está el viento, aquí estamos nosotros sin poder hacer nada. Exhaustos y fracasados, emprendimos el regreso a Marsella. Afortunadamente a Dios se le habían acabado las ganas de gastar bromas, y el trayecto de vuelta fue mucho más tranquilo.

Sin saber muy bien qué hacer, consultamos nuestro maravilloso City Pass en busca de ideas. Cualquier propuesta de ir a museos y/o exposiciones en nuestro caso se convierte en una encarnizado choque de intereses, pero tras arduas negociaciones conseguí meternos en el Museo de Historia de Marsella. Para sorpresa de propios y extraños, la visita nos gustó a los dos y no hubo que superar crisis de aburrimiento. El museo es pequeño, pero la exposición está muy bien cuidada y organizada; excepto algunas salas que están en construcción, lo que hace pensar que aún hay bastante material en los fondos del museo y merecería la pena volver dentro de un tiempo para comprobarlo.

Tras la visita al museo, otro encarnizado choque de intereses, esta vez originado por los trenecitos turísticos que hacen varias rutas por Marsella (y que, obviamente, nos recomendaba nuestro maravilloso City Pass) Personalmente, esos trenecitos siempre me han parecido una ridiculez; algo propio de turistas muy hardcore o con pocas ganas de buscarse la vida. Siempre me he reído de la visión de un montón de gente apretada en los asientos de unos trenes tamaño zona bebés de Eurodisney. Juraba que yo, la turista bildungsroman, nunca me pondría en ridículo montando en un trenecito turístico.

Nunca digas nunca.

Elegimos el tren que recorría la Corniche y luego subía hasta Notre-Dame-de-la-Garde, la basílica icónica de Marsella que es conocida como la Bonne Mère (la Buena Madre) Y resultó que la elección no sólo fue acertada, sino muy práctica. La Bonne Mère está situada a casi 150 metros sobre el Vieux Port, y la subida a pie debe ser un infierno que nos ahorramos gracias al trenecito de infausta reputación. La Corniche sí se disfruta mejor a pie, y el paso por la lujosa barriada de Roucas Blanc poco tiene que aportar, pero la visita a Notre-Dame-de-la-Garde bien mereció el paseo. Principalmente, por las impresionantes vistas de Marsella que se disfrutan desde allí. Nosotros contamos con el añadido de que estaba atardeciendo, por lo que gozamos de bellísimas vistas del mar y el puerto bajo el sol poniente. También resulta impactante la primera impresión de la basílica, que se encuentra elevada sobre un pedestal que se asienta a su vez sobre los restos de un fuerte. Sobrecoge la imagen de la Bonne Mère sobre su pedestal, vigilando y protegiendo Marsella.

Gracias a la Buena Madre y al trenecito de los turistas infames, terminamos con muy buen sabor de boca un día que había tenido un comienzo desastroso. Así confirmamos que en Marsella hasta la peor de las situaciones puede darse la vuelta.

Notre-Dame-de-la-Garde, vigilando Marsella

Día 4

Nuestro último día en Marsella fue muy breve, ya que salimos muy temprano por la mañana para llegar con tiempo al aeropuerto. Cogimos el primer bus de Navette que salía de Saint-Charles, sin ningún problema para llegar ya que nuestro hotel estaba muy cerca de la estación. Nada de colas de dos tipos ni peleas para subir al autobús. El trayecto hasta el aeropuerto transcurrió sin incidentes, y una vez allí tampoco hubo nada reseñable salvo una empleada de seguridad que se empeñó en contar cuántas bragas sucias llevaba (porque no le veo otra utilidad a sacar todas y cada una de las prendas de mi mochila) Cómo sería de traumático el aterrizaje de la ida, que un viajero que debía ir en ese vuelo preguntó a la azafata del avión si el aterrizaje sería igual. Para nuestro alivio, el aeropuerto de Barajas está a muchos kilómetros del mar así que el aterrizaje no fue especialmente terrorífico.

Debo decir que nos quedamos con ganas de más, no porque nos guste el rollito “Al filo de lo imposible” sino porque Marsella realmente tiene mucho encanto. Nos quedaron muchas cosas por ver, entre ellas las famosas calas, muchos museos, y otras ciudades como Niza o Aix-en-Provence que hemos marcado en el mapa de futuribles.

La próxima vez, eso sí, iremos en tren.

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