Marsella, sin morir en el intento (días 1 y 2)

El pasado no existe.

Sólo hay tierra blanca, mar azul

y viento permanente en los oídos

que resuena en el cerebro.

Día 1

Hay cosas que empiezan mal, y acaban bien; hay primeras impresiones malas que van mejorando a lo largo del tiempo. En el viaje a Marsella hubo de las dos cosas.

Empezar con mal pie un viaje que se hace en avión no es demasiado difícil. Los aeropuertos son lugares que parecen específicamente pensados para fastidiar al viajero todo lo posible: si quiere satisfacer sus necesidades de comida o bebida sólo encontrará precios abusivos a cambio de servicios muy defectuosos, la planificación del espacio es una oda a la pérdida de tiempo, la servicialidad de los empleados de las compañías brilla por su ausencia, conscientes como son de que tienen la sartén por el mango ya que pueden dejarte en tierra si te niegas a obedecer sus órdenes. Perdón, indicaciones. No hablamos ya de los controles de seguridad, cada vez más absurdos y esperpénticos, como de los hermanos Marx. No, no es difícil estar de mal humor en un viaje en avión. Si encima se añade un aterrizaje en el que ves pasar tu vida en diapositivas delante de tus ojos, la cosa ya se puede calificar como un mal comienzo. En la llegada a Marsella sufrí el peor aterrizaje de toda mi vida. Para empezar, la pista de aterrizaje de la terminal mp2 de Marsella (la utilizada para los vuelos low cost) es una especie de broma pesada. El avión desciende cuando todavía lo único que hay debajo es el mar; de forma que ves cómo el avión se va acercando cada vez más al agua, y mientras rezas porque aquello no esté pasando intentas recordar dónde dijo la azafata que estaba el chaleco salvavidas. Y de repente… ¡hop! ¡Resulta que hemos aterrizado en tierra! ¡Si es que la pista aparece en el último momento! Justo cuando el pasaje entero suspiraba aliviado pensando que ése no sería su día para morir, todos nos damos cuenta de que el avión lleva demasiada velocidad, y de hecho está dando unos tremendos bandazos. El piloto consigue frenar, no sin una invitación a dejar la huella de nuestros dientes en el asiento delantero, y entonces sí que podemos respirar. El tembleque de las piernas dura un buen rato, eso sí.

Para llegar de la terminal mp2 a Marsella ciudad, hay que coger un autobús de la compañía Navette que cuesta la friolera de 8,50€ Así que tras la experiencia casi religiosa del aterrizaje, hubo que hacer cola para comprar los billetes con un calor húmedo aplastante. En este momento, se aprende que en Marsella hay dos tipos de colas: las que la gente respeta, que suelen ser en las que se espera para algo que hay que pagar; y en las que uno se cuela impunemente, estilo “tonto el último”. Afortunadamente aprendimos pronto la lección y pudimos coger el siguiente autobús a Marsella, ya que hay tanta gente esperando para cogerlos que los últimos de la fila se quedan en tierra y deben esperar 20 minutos a que pase el siguiente.

Hasta aquí, la cosa no había mejorado mucho. Tras un pequeño atasco, el autobús nos dejó en la Gare Saint-Charles. Y resultó que la parte trasera de la estación, la zona donde estaba el hotel, era una amalgama de calles estrechas y sucias por las que da miedo ir de noche. Parecía que aquel no iba a ser un viaje para recordar. Para colmo de males, buscando el hotel aprendimos otra de las lecciones importantes sobre Marsella: los coches odian a las personas, así que cuando tengas que cruzar una carretera… ¡corre por tu vida!

Con tanta mala pata y tanto susto de muerte (casi literalmente), estábamos agotados, así que el primer día en Marsella lo pasamos durmiendo.

Día 2

Nos levantamos temprano, contentos de estar vivos. Salimos muy temprano, dispuestos a darle a la ciudad una segunda oportunidad tras el accidentado recibimiento. Por desgracia, se nos ocurrió ir hacia el centro de la ciudad por la zona del hotel, y a medida que avanzábamos se podía mascar nuestra decepción por la fealdad y la suciedad de las calles. Pero Marsella tiene sus encantos bien localizados, y el día empezó a parecer más brillante cuando llegamos al Vieux Port. Tomamos un segundo desayuno en uno de los miles de restaurantes que hay alrededor del puerto, y empezamos a disfrutar de las vistas del muelle atestado de barcos, el ambiente bullicioso, el Fort Saint-Jean mirándonos desde la entrada al puerto. Las primeras impresiones negativas empezaron ya a diluirse.

De forma más o menos espontánea, empezamos a pasear siguiendo el trazado de la Corniche, o Boulevard du Président John Fitzgerald Kennedy, o la Cornisa.

Vista de la costa desde la Cornisa

La Cornisa es precisamente eso, una cornisa de hormigón construida sobre las rocas de la costa para hacer un paseo marítimo; la forma abrupta y empinada del litoral de Marsella hace que esta sea la única forma de recorrer la costa a pie, y de hecho esa zona de Marsella sólo empezó a ser habitable a partir de la construcción de la Cornisa en el siglo XIX. Recorre toda la línea de la costa durante 2 kilómetros hasta el Parc Borely, una especie de enorme parque con playa donde muchísima gente va a bañarse. Nosotros hicimos el paseo completo hasta el Parc Borely, y volvimos al Vieux Port en el autobús de la línea 83, que recorre toda la Cornisa. Al principio del recorrido desde el Vieux Port está la Plage des Catalans, pero preferimos bañarnos en la Plage du Prophète, donde había menos gente aunque también menos espacio para bañarse por haber boyas muy cerca de la playa. De todas formas, había unas olas generosas; entre saltar olas y hacer el cabra en general, se nos fueron olvidando las penas del día anterior.

Ya por la tarde, decidimos volver a pasear, pero esta vez con más cabeza. Atravesamos la Gare Saint-Charles y dimos con la plaza de la estación y la parte por donde el edificio se ve bonito, que además al estar sobre una elevación ofrece una vista interesante de la ciudad. Bajando la escalinata art nouveau de la estación entramos al Boulevard d’Athènes, donde por fin pudimos ver la abundancia de edificios modernistas que prometían las guías que habíamos consultado antes del viaje. La única pega es que en general no se ha hecho mucho esfuerzo por conservarlos, pero aún así se siguen viendo magníficos. Siguiendo en línea recta nos cruzamos con La Canebière, la calle principal que hace la función de calle comercial que toda ciudad posee, ya tenga 25 habitantes o varios millones.

De nuevo en el centro, y siendo como somos personas cultas y leídas y escribidas, nos propusimos buscar alguno de esos monumentos que también según las guías Marsella tiene a porrillo (y no es mentira, pero para verlos todos hace falta más tiempo del que nosotros teníamos) Mirando el plano y la información de nuestro maravilloso City Pass, supimos que junto al Vieux Port está el barrio histórico de le Panier, con varios monumentos que parecían merecer la pena. Seguramente hay otras formas de entrar en le Panier, pero una vez más, nosotros escogimos la peor posible. Sin saber muy bien cómo, nos encontramos en un entramado de calles donde lo mejor que podía pasar era sufrir varios atracos consecutivos. Corriendo por nuestras vidas llegamos por puro azar a la Cathédrale Sainte-Marie-Majeure, más conocida como Cathédrale de la Major (por algún motivo, parece que las iglesias en Marsella tienen un nombre alternativo, más carismático que el original)

La susodicha Cathédrale de la Major

La Major está construida junto al mar, y siguiendo el paseo desde allí hacia el Vieux Port disfrutamos de unas vistas preciosas del mar al atardecer, ya sin peligro para nuestras vidas.

Atardecer junto a la Cathédrale de la Major

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Una respuesta a “Marsella, sin morir en el intento (días 1 y 2)

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