Aunque está justo frente al Museo del Prado, el Jardín Botánico (o su nombre oficial que me niego republicanamente a utilizar: Real Jardín Botánico), no es de las atracciones más conocidas de Madrid. Nunca he sabido exactamente por qué, aunque puedo aventurar algunas suposiciones. Por una parte, en la era de los entretenimientos que suelen atiborrar al espectador de estímulos multimedia, es difícil vender el encanto que puede tener pasear mirando un montón de plantas y sus nombres en unos carteles. Probablemente, mucha gente piensa que si quiere pasear por un parque, puede hacerlo gratis por el Retiro que además está muy cerca. Pero también imagino que hay una cierta parte de responsabilidad de los propios gestores del Botánico, que no se ocupan o no pueden hacer el tipo de publicidad que daría más visitantes; por ejemplo, cuando estuvimos la última vez descubrimos que han organizado una actividad para niños en forma de investigación detectivesca, pero en ningún medio de comunicación se encuentra ni rastro de la existencia de esta actividad.
De cualquier forma, yo creo que merece muchísimo la pena pagar los 2,50€ que cuesta la entrada sin ningún tipo de descuento. Te cuento por qué.
Hay sitios que curan. Que cargan las pilas. Tierras que sólo con pisar ya te sientes un poco más alegre que antes. Respiras hondo, miras alrededor y notas cómo algún mecanismo dentro de ti empieza a funcionar mejor.
Por alguna razón, Barcelona tiene este efecto sobre mí. Siempre que he ido, me he llevado encima una o varias heridas mentales de calibre más o menos importante (estas razones sí las conozco) Y aunque no he vuelto completamente renovada, porque Barcelona al fin y al cabo no es la purga de Benito, sí lo he hecho con más fuerzas y un poco menos de dolor.
A principios de 2007, me encontraba prácticamente en el fondo del pozo. Era vagamente consciente de que necesitaba ayuda para empezar a salir; que la absurda idea de “Yo puedo salir adelante por mí misma sin ayuda de nadie” realmente nunca había funcionado, y tampoco lo haría esta vez.
Necesitaba cambiar de paisaje, alejarme de una vida que ya me venía pesando demasiado. Tenía el dinero para hacerlo. Sin darle muchas vueltas, decidí pasar el puente de Mayo de aquel año en Barcelona.
Cómo habían cambiado las cosas en unos pocos años. Antes, mis opciones para llegar a Barcelona se reducían prácticamente al autobús y a los coches de otras personas. Pero a finales de Abril de aquel 2007, ni insufribles noches de 8 horas en autobús ni viajes en coche de los de antes con parada en vía de servicio. Llegué como una reinona: en avión.
Demostrando que la cantinela de que estoy sola no es más que un invento de la parte podrida de mi mente para conseguir que realmente lo esté, tras aterrizar en El Prat vino a mi encuentro el que por aquel entonces era un muy buen amigo. Aunque hayamos perdido el contacto con el paso del tiempo, sigo recordando nuestra amistad con mucho cariño, y especialmente aquellos días en los que con toda la paciencia del mundo nos paseó a mí y a mi tristeza por media Barcelona.
También estuve como una reina en casa de mi tía abuela, quien a pesar de no haberme visto ni hablado conmigo desde hacía años, me acogió encantada de la vida en su casa durante aquellos días. Conversar con ella en esa mezcla única de español y catalán que habla se convirtió en el mayor reto lingüístico que he afrontado desde que empecé la carrera. Siendo un caracol casero que cuando me alejo del hogar me muero por volver cuanto antes, me sentí tan a gusto que me dio mucha pena marcharme.
Los días consistieron, fundamentalmente, en pasear. El primer día esto no supuso un gran reto, ya que como puede verse en la primera foto, hacía un rico solito de primavera. Paseamos, paramos, comimos, hablamos, nos callamos, y hasta dejé un dibujo en la libreta de mi amigo (daba un poco de risapena entre sus dibujos y los de sus amigos dibujantes, pero me hizo mucha ilusión)
Por la noche fuimos a Gràcia, y en un bar vimos la actuación de Nelson Poblete, un cantautor chileno que como muy bien describió mi amigo “No ha superado el siglo XV”. Acabó de esos pequeños conciertos que crean una gran magia entre los músicos y el público, y disfruté tanto que le compré su disco recién salido: Ventanas Borrachas. Editado por la discográfica con el mejor nombre del mundo: Batiendo Récords, con unas varillas de batir como orgulloso logotipo. Todavía lo escucho de vez en cuando; cuando lo hago, siempre cumplo dos rituales: echar una sonrisilla mirando el logo de la discográfica, y ponerlo de principio a fin (saltándome mi costumbre de escuchar canciones sueltas)
Los siguientes días el tiempo ya no acompañó tanto, y de hecho empezó a llover como sólo en Barcelona sabe hacerlo: sin parar. La lluvia de Barcelona es tan insidiosa que te acaba poniendo de mala uva; acabas por enfadarte con la lluvia por no parar de una puñetera vez. Por suerte, ni mi amigo ni yo solemos tener ningún problema en caminar bajo la lluvia, así que seguimos yendo de un lado a otro como si hiciera un día estupendo.
De hecho, yo quería ir al Parc Güell para verlo por fin en mi tercera o cuarta visita a Barcelona, y allá que nos fuimos tranquilamente. A ratos la lluvia nos respetó un poco, y a ratos agradecimos las galerías columnadas que nos permitieron recorrer parte del parque a cubierto.
Caminamos por buena parte del parque, centrándonos especialmente las zonas menos conocidas. En la parte alta vimos una casa preciosa y tremebunda, que a día de hoy no he podido averiguar si está habitada, si forma parte de los elementos del parque y tiene algún nombre particular, o qué narices es. Todo lo que pude hacer para saciar mi intriga fueron un par de fotos.
Durante aquellos paseos eternos, la noche en Gràcia, las conversaciones en casa de mi tía abuela, desfilaron varias cosas por el interior de mi mente. La mayoría, pesimistas y negativas, como correspondía a mi estado en aquel momento. Pero también se plantó, en una semilla muy pequeña, una certeza. La de que yo podía, por mí misma, cambiar las cosas. Cambiarme a mí. Tenía el poder, la capacidad. Para realizarlo, bastaba hacer cosas como coger un avión y perderse por unos días en otra ciudad. Simplemente había que hacerlo, levantar el pie y dar el paso.
También aprendí que para conseguirlo, necesitaba acumular fuerzas. Nadie puede por sí mismo, sin ayuda, sin nada ni nadie que lo anime. Hay que reponer la energía cuando se gasta, y a menudo no es suficiente con pararse a descansar. Es como si sacarámos agua continuamente de un cazo. Podemos volver a meter el agua utilizando una cuchara. Si otra persona además echa agua con una botella, y a una tercera se le ocurre mientras tanto encender el fuego y echar un Avecrem, al final el cazo estará lleno de un caldo calentito.
En Barcelona me hice un poco más fuerte, y cargué las pilas. Sola, pisando las baldosas desgastadas de camino a la estación de Urgell, me sentía reconfortada. Los hombros se relajaban un poco, y notaba ese calorcito que el cuerpo genera cuando trata de aliviar la contracción de los músculos.
En Barcelona alivié mi tristeza. Y hoy, seis años más tarde, podría regresar a celebrar mi alegría.
En un viaje, una excursión, o cualquier otra forma de conocer el mundo o la ciudad en la que se vive, no todos los encantos se concentran en los momumentos y sitios señalados. Sólo con pasear y dejarnos llevar por la curiosidad, se pueden descubrir un montón de sitios en los que pasar un rato especial. Por supuesto, también hace falta estar dispuesto a desembolsar un poco de dinero, ya que generalmente las experiencias se pagan (literalmente, en moneda de curso legal) En muchas ocasiones la inversión merece la pena, y trae a cambio el descubrimiento de un lugar único, que permanece como referencia para volver a pasar buenos momentos cuando la ocasión o el bolsillo lo permitan.
Como una de las cosas que más disfruto en esta vida es la comida, los lugares que descubro suelen ser restaurantes, sitios de tapeo… donde se pueda mover el bigote, vaya. También tengo el radar configurado para detectar teterías y cafeterías, y tiendas.
Por supuesto que se pueden vivir grandes experiencias sin pagar un duro, pero cuando hable de lugares me referiré normalmente a establecimientos a los que dar una oportunidad. No pretendo hacer publicidad ni una especie de guía del ocio; a mí me encanta que me recomienden sitios donde ir, así que voy a dedicarme a hacer lo mismo.
Lo que mejor conoce uno es lo que tiene cerca, así que empezaré hablando de la Tasca Galileo, en Las Palmas de Gran Canaria. Como su propio nombre indica, está en la calle Galileo, una de las transversales que desemboca en el Paseo de las Canteras. De hecho, si uno se aventura por las calles que rodean las Canteras, es muy fácil que se tropiece con la Tasca por casualidad. Aunque como es tan pequeña, es igual de fácil pasar de largo sin verla.
La puerta de la Tasca Galileo es bastante pequeña, y el letrero de madera no demasiado vistoso; pero si conseguimos localizarla, quedaremos tan contentos o más como el miope que encuentra su lentilla perdida.
Al ser tan recogido, el estilo del local consigue la impresión de que hayamos caído por algún agujero dimensional, y hayamos aparecido en alguna bodega de La Rioja. El ladrillo visto, las baldosas marrones, las mesas altas y los taburetes de madera, la barra forrada de mampostería, la carta escrita en pizarras colgadas de la pared. Y, como vemos en la foto, toda una pared cubierta de botelleros. La Tasca tiene el mérito de que los trucos para ahorrar espacio se convierten en elementos que contribuyen al ambiente.
Y no sólo en la decoración se queda la sensación de estar en la Meseta. Levantando mucho el cuello, eso sí, podremos ver que la carta nos ofrece la posibilidad de pedir cecina de León o una tabla de ibéricos. El resto de tapas se salen de los tópicos que ofrece la restauración canaria, y ofrecen platos bastante elaborados y de calidad. El precio de la ración oscila entre los 5 y los 7 euros, pero tanto las combinaciones de ingredientes como la preparación bien lo valen. Podremos sorprendernos comiendo trozos de butifarra frita con cebolla confitada envuelta en un saquito de pasta filo, o un maxi medallón empanado compuesto de risotto con setas. Todo lo acompañan con unas patatas paja finísimas, que para mi gusto son las mejores que he probado, y eso que a mí este tipo de patata no me suele hacer mucha gracia.
El plato estrella es el queso frito con salsa de melón. Sentados en la Tasca, si miramos un poco a nuestro alrededor nos daremos cuenta de que todas las mesas piden este plato al menos una vez. Es un poco pesado al estómago, pero el sabor desde luego no se parecerá a nada que hemos probado, y nos costará olvidarlo.
Una vez acomodados en el taburete, con nuestro plato de queso frito con salsa de melón, podemos pedir un vinito para acompañar. Aunque yo, que llevo la cerveza con limón y patatas bravas grabadas en el ADN, cuando estoy de tapeo no puedo evitar pedir siempre cerveza.
El precio de las tapas y el vino bien merece ese momento de relajación cañí, mirando las estanterías repletas de botellas con la copa en la mano, y esa contentura que le entra a uno cuando toma casi más cantidad de vino que de comida. La cantidad de las tapas no es excesiva, que es realmente un acierto ya que no son precisamente platos ligeros. De hecho, con unos platos entre varias personas bien se puede sustituir la comida a mediodía o la cena.
De los muchos sitios con encanto que se pueden encontrar en el Paseo de las Canteras y sus alrededores, la Tasca Galileo es uno de los que se pueden calificar casi de visita obligada. Aunque sólo sea por ver las caras de los que no han estado, preguntándose a qué sabra eso del queso frito con melón.
Aunque parezca mentira, en Holanda no sólo de bicicletas vive el hombre. Los paseos en bici formaban una parte importante y bonita de mi vida diaria, pero no eran la única.
Torrijas y dulces holandeses, lo mejor de dos mundos.
Estando de Erasmus, obviamente una gran parte del tiempo lo pasaba en la universidad. Al menos en mis tiempos, la Katholieke Universiteit se situaba en un recinto precioso; muchas calles estaban empedradas y la mayoría de las facultades estaban en pequeños edificios de dos o tres plantas, que estaban muy bien equipados por dentro. Había excepciones, como mi facultad. Teniendo un vértigo que me hace sudar si tengo que subir a lo más alto de una escalera de mano, me tuvo que tocar en el único edificio de 20 plantas de todo el campus. Además, la entrada se hacía por una puerta giratoria, que debe ser una de las cosas que más odio en este mundo. Y teniendo tantos pisos, muchas veces tenía que coger el ascensor, que estará a pocos puestos por detrás de la puerta giratoria en la escala del odio. 3×1, señora. Cierta deidad debía sentirse guasona el día que pedí la beca. Tuve la suerte de que mis clases se daban casi todas entre el segundo y tercer piso; sólo una de ellas se daba en el piso 12, y la única clase a la que fui la pasé tratando de atravesar la pared en mi afán por alejarme de la ventana. Creo que era una optativa que debí cambiar por otra.
A pesar de los inconvenientes logísticos, disfruté mucho estudiando en la Radboud (por utilizar el nombre actual) Por diferencias en el plan de estudios, tuve que estudiar algunas asignaturas que ya tenía; y precisamente por eso, pude apreciar la enorme diferencia tanto en la forma de dar como recibir las clases. Creo que la Complutense tiene unos profesores que son verdaderos expertos en sus materias; el plan que yo estudié era muy completo y además te permitía elegir entre cinco especialidades – algo que se agradece cuando antes solamente se podía elegir entre Lingüística o Literatura, y hay carreras como Psicología que incomprensiblemente no tienen especialidades. Pero ya cuando yo estudiaba, la forma de adquirir esos conocimientos estaba obsoleta; seguía el patrón oxidado del profesor hablando durante toda la clase, los estudiantes tomando apuntes, y examen al final del cuatrimestre para ver si habéis comprado el libro del profesor. En la Radboud las clases eran sobre todo participativas; se daban unas directrices generales de cómo estudiar los temas, y se esperaba que los alumnos se los preparasen por su cuenta para luego discutirlos en la clase. Una vez superada la timidez para participar que traíamos todos los españoles, y olvidando que los estudiantes holandeses tenían un inglés que dejaba en ridículo a los mejores de nosotros, las clases se convertían en toda una experiencia.
Había varias cosas que también compensaban el martirio de la puerta giratoria y los ascensores. Una de ellas era la biblioteca; no demasiado grande pero muy bien surtida. Con la pasión por mis estudios recién renovada, aproveché todo lo que pude aunque me faltó tiempo para leer todo lo que hubiera querido. Tenían varios libros sobre las hermanas Brontë, por cuyos libros siempre he sentido un apego especial, y esos sí que los engullí cual pavo literario. La mayoría del conocimiento sobre las Brontë y su literatura, que conservo casi intacto a día de hoy, me lo dieron esos libros. Es por eso que Nijmegen y las hermanas Brontë quedaron unidas en mi memoria, y cada referencia a las escritoras me devuelve la sensación de estar tumbada en la cama de mi habitación, leyendo.
También tenía acceso a la cafetería más grande del campus (de cuyo nombre quiero acordarme, pero no puedo); aunque había otras cafeterías más pequeñas, aquella se consideraba la principal y se llenaba con gente de todas las facultades. Prácticamente todo, desde la bollería hasta el menú diario, se cogía en una especie de buffet gigante. El espacio para comer también era enorme, y muy agradable excepto en las horas punta. Todavía conservo un par de tazas que… ejem, cogí como recuerdo.
Fuera de la universidad, los días eran fundamentalmente plácidos; disfrutaba de las pequeñas cosas de cada día. Como ya dije, nunca he sido aficionada a ir de fiesta, lo que me hizo una estudiante Erasmus tristemente peculiar. Sí que fui a alguna fiesta de las muchas que organizaban los estudiantes en sus casas, más que nada las que organizaban amigos o conocidos de amigos. Pero las fiestas siempre fueron una parte muy marginal de mi experiencia. Muchos buenos momentos los pasé en Hoogeveldt, la residencia de estudiantes en la que me alojé durante toda la estancia. El complejo se divide en varios edificios, cada uno de los cuales alberga cuatro pisos de estudiantes que allí se conocen como corridors. Cada corridor tiene una cocina-comedor que suele hacer de sala común, y unas 16 habitaciones individuales con su lavabo y su espejo. También había unos cuantos baños compartidos, que a mí me ocasionaron grandes sufrimientos junto con la cocina por diferencias culturales respecto a la limpieza.
Algunos corridors eran multiculturales, con estudiantes de diferentes países; en el mío eran todo holandeses excepto el ocupante de la “habitación Erasmus”, que aquel año fui yo. A pesar de los malos momentos higiénicos, todos eran muy agradables; con algunos de ellos trabé verdaderas amistades, que se disolvieron con la distancia como tantas veces suele ocurrir. Recuerdo con especial cariño las noches que pasaba con dos de ellos en lo que dimos en llamar el 3 O’Clock Club. Como los tres éramos grandes trasnochadores, después de las 12 cuando todo el mundo se había ido a dormir, salíamos de forma espontánea a la cocina para servirnos un té o picar algo. Después de las primeras coincidencias, sin acordarlo explícitamente empezamos a reunirnos en la cocina a altas horas, para charlar mientras tomábamos té. Comentando todo tipo de temas, de lo divino y lo humano, era frecuente que nos quedáramos despiertos hasta pasadas las tres de la madrugada.
Durante el día, pasaba mucho tiempo yendo de compras; aparte de las sesiones sociales de mirar tiendas, empleaba mucho tiempo en comprar comida. Mis compañeros de corridor alucinaban viéndome sacar fruta y verdura de las bolsas de la compra. Cuando les dije que compraba en varios supermercados dependiendo de los productos, alucinaron todavía más. Siempre me ha atraído mucho la cocina; de pequeña solía quedarme fascinada mirando las recetas de las revistas, imaginando cómo sería prepararlas y a qué sabrían. Pero la cocina era monopolio de mi madre y antes no se llevaba eso de cocinar con los hijos, así que tuve que esperar a irme de Erasmus para hacer mis primeros pinitos gastronómicos.
Mi mejor amiga en Nijmegen vivía también en Hoogeveldt, y como hacer comida para dos es menos triste que para uno, solíamos juntarnos para comer. Hacíamos las recetas que nos habían dado nuestras madres por teléfono, o intentábamos cosas nuevas. Gracias a ella probé el arroz a banda, y un alioli casero que es el mejor que he comido en mi vida. Nuestro plato estrella era la tortilla de patatas, que a las dos nos salía genial, y siempre acompañada de su ensalada de lechuga con tomate. A nuestros respectivos compañeros se les dieron la vuelta los ojos cuando se la dejamos probar.
A pesar de ser embajadoras de nuestro plato más internacional, junto a otras amigas nos gustaba referirnos a nosotras mismas como las halfvolle, que es como se dice “semidesnatado” en holandés. Conservamos algunas de nuestras costumbres, pero también nos adaptamos mucho al estilo de vida holandés. Algunas de ellas tenían novios holandeses, yo pasaba más tiempo con mis compañeros de corridor que con cualquiera de los otros españoles de Nijmegen, comíamos a horas holandesas, tratábamos de hablar en holandés siempre que podíamos. Yo hice una vez el único plato típico que mis compañeros supieron enseñarme, y todavía conservo la receta de las oliebollen, un dulce típico navideño. En esto éramos muy diferentes del resto de españoles, que se juntaban en grupos y apenas tenían trato con no españoles, especialmente si no eran otros estudiantes Erasmus.
Así, aprovechamos la oportunidad única que se nos presentaba de sumergirnos de lleno en la forma de vida de otro país. Muchos estudiantes que conocí me miraban con pena y extrañeza cuando les contaba mis noches hablando con mis compañeros de corridor; a día de hoy, yo les compadezco a ellos, porque seguramente se lo pasaron muy bien pero se perdieron lo mejor de la vida en Nijmegen. Soy consciente de que la experiencia que viví me convierte en una privilegiada, y siempre estaré agradecida por haberla podido disfrutar.
Lo único que eché en falta fue visitar otras ciudades de Holanda, pero mi presupuesto no me lo permitía. El único sitio que pude ver aparte de Nijmegen fue ‘s-Hertogenbosch o Den Bosch (nunca he entendido de qué va el nombre de la ciudad, ni por qué se conoce de dos formas), a donde fuimos para ver el Carnaval. Y es que mucha gente no sabe que en Holanda también se celebran mucho los Carnavales, especialmente en la zona sur del país. A pesar del frío castigador que hacía ese día, el ambientazo que había en toda la ciudad bien mereció las penurias de esperar el paso de la cabalgata. También probamos las Bosche bollen, otro dulce típico (empiezo a pensar que a mí los países y las culturas me entran por el estómago…)
Que viene la caballería!
Hubo muchos más momentos memorables: las cervezas y los bailes en el O’Sheas, la megabarbacoa en la que participó todo Hoogeveldt, las visitas de mi chico y mi madre que era la primera vez que viajaba al extranjero, los paseos por el bosque enorme que llega a la frontera con Alemania… es muy difícil resumir nueve meses en unas palabras, especialmente nueve meses tan intensos y especiales.
Cuando volví a Madrid, se me cayó la ciudad encima. Había aprendido a amar la tranquilidad, las distancias pequeñas y la naturaleza omnipresente. Antes de Nijmegen, era una cosmopolita amante de las grandes ciudades, pero mi concepto de la vida que deseaba cambió por completo estando allí. Pasé años deseando huir de un Madrid que me asfixiaba cada vez más. No pude quedarme a vivir en Nijmegen, y tampoco he vuelto como visitante. Pero siempre me sentiré ciudadana de Nijmegen, y sé que el día que vuelva a cruzar en tren el puente sobre el río Waal, sentiré como antes que vuelvo a casa.
Cuando me decidí a pedir una beca Erasmus, como anglófila perdida que soy mi destino preferente eran las Islas Británicas. Llevaba soñando con vivir en Inglaterra desde los 15 años, y tenía 21, así que hubiera sido demasiado bonito para ser verdad que hubiera podido cumplir mi sueño en aquel momento. Y de hecho, no fue verdad; había unas pocas plazas para 6 meses en Londres y solamente una de 9 meses en Edimburgo. Ya que me iba, yo quería vivir la experiencia el máximo tiempo posible, y descarté las opciones de 6 meses. Pedí Edimburgo como primera opción, y todavía no tengo muy claro por qué, Holanda como la segunda.
Lo más brillante de mi vida académica nunca fue mi expediente, así que otra persona con mejores notas que las mías se debió llevar la plaza de Edimburgo. A mí me tocó la segunda opción que había pedido, así que iría Holanda, a la Katholieke Universiteit (actualmente Radboud Universiteit) de Nijmegen.
Para mí, el solo hecho de que me hubieran concedido la beca me volvió loca de alegría. Se me concedían muchos deseos a la vez: vivir sola, vivir en un país extranjero (aunque no fuera Inglaterra), seguir estudiando mi carrera en otra universidad distinta (estaba hasta las narices del culebrón académico de la Complutense, hasta el punto de que el año anterior había estado planteándome dejar la carrera) Por fin podía cumplir el anhelo de escapar de la pesadilla de las ciudades de extrarradio sin nombre ni brillo, esa necesidad que tan bien describían Suede en sus primeros discos.
No todo era “desafío y diamantes”; tenía el agobio de no poder ahorrar suficiente dinero para mantenerme allí, de saber que las asignaturas que podría convalidar serían muy pocas y eso significaba un año extra, y la incertidumbre de no saber dónde me estaba metiendo porque aquella no era mi primera opción.
Los primeros días en Nijmegen fueron duros. Los pasé acostumbrándome a la soledad, a no entender las conversaciones que oía por la calle; conociendo a mis compañeros de piso, cuyas conversaciones tampoco entendía; y matando las arañas que habían tomado mi cuarto al asalto (con la aracnofobia que gasto, lo que me extraña es que no acabaran ellas conmigo) Una vez pasado el trauma del aterrizaje, saqué la cabecita de mi concha y empecé a disfrutar de una decisión muy bien tomada.
Como un angelico.
Uno de los primeros pasos fue hacerme con una bicicleta. Cualquiera que haya estado en Holanda, aunque sea de turismo, sabe que allí sin una bicicleta no eres nadie. Las bicicletas en Holanda tienen preferencia sobre todo y sobre todos: coches, peatones, Dios, la Reina, mujeres, niños y ancianos. Tuve el buen tino de hacerle caso a mis compañeros de piso, que me recomendaron comprar la bicicleta más vieja y chusmosa que fuera capaz de sostenerse sin ayuda. El sillín de la mía debía tener reiterados antecedentes por violación, así que tuve que invertir dinero adicional en cambiarlo, y también en otros tantos apaños más. Pero al final de mi estancia tuve el dudoso honor de ser prácticamente la única Erasmus a la que no habían robado la bicicleta ni una sola vez.
Yo tuve una infancia extraña, en la que todo lo aprendí más tarde que el resto de los niños de mi edad. A nadar me enseñó una vecina cuando ya no hacían flotadores de mi talla. A tirarme de cabeza me enseñó otra vecina, cuando ya vestíamos bikini y lo de tirarse a bomba era intolerable. A montar en bici sin ayudas (esto es, sin ruedines y sin familiares que sostuvieran la bici) aprendí más o menos a los doce años, y dejé de montar habitualmente un año después. Así que allí estaba yo, diez años más tarde, teniendo que domar una bici para que fuera un medio de transporte más habitual que mis piernas. Por algún motivo, soy experta en caerme de lado con la bici; tras desplomarme sobre mi propio eje unas cuantas veces, por fin aprendí a hacer que mi lata-bici me obedeciera. Al final de la estancia, yo al igual que todos los españoles que allí estuvimos, ya estaba imbuida del Sacrosanto Espíritu de la Bicicleta. Tenía tanto arte que era capaz de manejarla con una sola mano, o incluso sin manos (aunque yo el chiste de “¡Mira mamá, sin dientes!” lo tenía muy presente y rara vez soltaba las dos manos); volvía de la compra con las bolsas colgadas del manillar, como los indígenas; y aprendí a bajarme de la bici en marcha, que también lo hacían mucho esas criaturas de dios que nacen con una bici bajo el brazo.
Mi bólido de dos ruedas se convirtió en mi mayor aliado, y me proporcionó algunos de los momentos más bonitos de mi vida en Nijmegen. Siempre recordaré la noche que volvía del centro, pedaleando contra un viento furioso que me venía de frente y pensando que aquello debía ser una broma macabra de dios; aquella frase se convirtió en uno de mis relatos cortos, con el que todavía tengo pendiente hacer algo realmente valioso. Pero el verdadero placer de la bici eran mis largas excursiones en solitario. Siempre iba con los cascos puestos escuchando el discman; una costumbre que muchos me censuraron por peligrosa, pero que muy pocas veces fui capaz de abandonar. Con la música en los oídos, recorría el carril bici que se extendía por toda la ciudad, cambiando su color y textura según las zonas. Así pude apreciar una de las cualidades de Nijmegen, que es la de tener multitud de árboles. Por todos sitios crecen árboles enormes, frondosos, da igual si la zona es céntrica o de los barrios más modestos. Yo, que tengo varias fotos abrazando árboles de diferentes puntos del mundo, disfrutaba como una chiquilla pedaleando por las calles cubiertas de verde.
Como decía... mucho verde.
Una de mis paradas favoritas era la piscina cubierta. Estaba en un barrio relativamente apartado, donde no había concentración de Erasmus; la mayor parte del trayecto discurría por calles de adoquines flanqueadas por árboles centenarios. Cuando salía de nadar, ya de noche, me mataba la idea de pedalear de vuelta a casa. La recompensa solía ser un enorme plato de pasta que comía en el calorcito de la cocina-sala común.
Otro de mis sitios preferidos era el centro de la ciudad. De la Nijmegen antigua solamente queda un edificio en pie, gracias a las bombas “aliadas” en la Segunda Guerra Mundial (es lo que tiene estar tan cerca de Alemania, que te confunden) El resto es tan bonito que perfectamente podría pasar por un casco antiguo como tal. En la zona céntrica las calles son peatonales, así que había que dejar la bici aparcada. De hecho, debe ser uno de esos sitios que los holandeses marcan como Reserva Protegida Donde La Gente Te Mira Mal Si Vas En Bici. Llegaba por una de mis rutas establecidas, dejaba la lata-bici con la seguridad de que nadie la robaría, y paseaba por las mismas calles pequeñas de las que nunca me cansaba. Obviamente, era una zona comercial y había muchas tiendas. La que más me gustaba era una librería de dos plantas que vendía libros de segunda mano, algunos con una calidad que ya quisiera El Corte Inglés. Compré varios libros que aún conservo; uno de ellos fue un regalo muy especial. Había otras librerías más pequeñas, que tenían por costumbre dejar los libros de oferta en unas cestas metálicas, en la parte de fuera de la tienda. Estas cestas no estaban vigiladas, ya que como muchos españoles comprobaron y aprovecharon, el sentido de la picaresca es algo específicamente mediterráneo.
Sin embargo, cuando iba al centro a mirar tiendas, solía hacerlo acompañada. Los paseos entre tienda y tienda se convirtieron en aquella época en un acto social. Las conversaciones sobre temas personales, íntimos y mundanos, se sucedían; revolvíamos las cestas de libros, los estantes de ropa, los objetos domésticos que se convertían en nuestros pequeños tesoros. Mi mejor amiga en Nijmegen y yo desarrollamos una afición pasajera pero muy apasionada por el scrapbooking, y éramos capaces de pasarnos horas mirando accesorios y papeles especiales.
No es una postal, es una calle de verdad.
Y es que yo, a diferencia de muchos otros Erasmus, no fui a Nijmegen a pasarme las noches emborrachándome de fiesta en fiesta. Incluso llegaron a decirme que no sabían para qué había ido de Erasmus si no me gustaba salir. En aquel momento era demasiado débil mentalmente para responder, pero debería haberles preguntado qué hacían ellos en Nijmegen si lo único que disfrutaban ya lo tenían en sus ciudades de origen.
Porque en las playas también puede ser invierno, aunque muchos turistas se piensen lo contrario. Estos días las Canteras anda cubierta de cielos plomizos; el Atlántico que llega por aquí tiene la cualidad de descomponerse en infinitos tonos de verde oscuro, tanto más profundos cuanto más gris está el cielo. La línea de la playa es muy larga, y las olas son larguísimas también; metros y metros de verdes profundísimos coronados de espuma blanca. Las olas tienen su propio club de fans, los surferos que solamente faltan a su cita los días que el mar está de peor humor. Se agrupan sobre todo en la zona conocida como La Cícer, en la zona meridional de la playa. Curiosamente, caminando por el paseo marítimo, da la sensación de que esta zona sea el norte de la playa, y es justamente al revés; en contra de las normas de orientación que nos enseñaban los Jóvenes Castores, si vamos hacia La Cícer el norte queda, por así decirlo, a nuestro culo.
Además de para apreciar los colores del mar, incluso en invierno pasear por Las Canteras merece la pena; siempre hay algún espectáculo en marcha. El mejor paseo marítimo que he visto hasta ahora está continuamente habitado. Turistas y locales lo recorren arriba y abajo a cualquier hora del día o de la noche. Siempre hay alguien andando o corriendo. Deportistas con sus auriculares y sus conjuntos de Decathlon, nórdicos de película con sus pelos rubísimos y sus pieles rojísimas, gente volviendo de su trabajo, ancianos caminando con zapatillas deportivas para mantener el tipo. Durante el día, los acompañan discretos puestecillos de bisutería o marroquinería, y solitarios músicos callejeros. Al caer la noche salen de La Guarida las bandas de blues y jazz, a dar sus conciertos en mitad del paseo.
En la zona norte de la playa, donde las zonas de arena son más extensas, no faltan al menos dos escultores de arena haciendo o exponiendo sus trabajos. Al igual que los músicos callejeros, recogen lo que la gente del paseo quiera echarles a cambio de mirar sus esculturas. Sus obras pueden resultar más o menos del gusto de cada cual, pero la calidad de los artistas que las crean es innegable. Casi todas tienen un contenido político liberal y cierto regustillo a mayo del 68; se pueden ver homenajes a John Lennon, reivindicaciones de una distribución de la economía más justa, o fantasías psicodélicas. Suelo echarles algo siempre que puedo, la primera vez que veo cada escultura; yo, que soy incapaz de hacer una torre de arena sin que se me fastidie una de las almenas, considero que tiene mucho mérito conseguir hacer arte con ella.
Aquí se da una mezcla peculiar de ambiente hippie y turismo de sol y playa: turistas y artistas conviven en simbiosis. Los artistas necesitan que haya turistas que les echen monedas, y los turistas ven su experiencia enriquecida con el toque pintoresco que le dan los artistas.
Además de todo esto, Las Canteras ofrece un paisaje cambiante según la altura de la marea. El Atlántico avanza y retrocede recorriendo enormes distancias, pisando veloz los talones de quienes caminan por la orilla. Con la marea alta se queda todo repleto de mar, excepto las zonas de los escultores de arena, que ya lo conocen y saben que están a salvo. Con la marea baja se revelan las formaciones rocosas que suponemos dan nombre a la playa: los lisos, las barras, la Peña de la Vieja. Por las mañanas el Sol deslumbra las montañas, desdibujando el juego de verdes y marrones con un halo dorado; al atardecer el cielo se mira en el agua extendida sobre la arena.
La Playa de las Canteras, curvada como una hoz que pretende segar el lejano Teide sin conseguirlo. Donde en invierno el mar es una advertencia de que podrías no volver a ver la tierra, y el cielo un recordatorio de que el tesoro de estas Islas no mana solamente del Sol.
Yo tengo una teoría: los edredones nórdicos en realidad son una especie biológica con una gran capacidad de adaptación, que tienen la habilidad de abrigar más cuanto más frío hace. El que nos habían puesto en nuestro bed & breakfast además era de la variedad “nube de algodón”, subespecie “abrazos mimosos”, lo cual quiere decir que te cubría como una nube y te envolvía en un calorcito golosón. A pesar de ello, madrugamos como unos valientes para aprovechar el día. Salir de la cama fue realmente doloroso, pero hemos superado situaciones peores, soldado.
Después de desayunar como unos cerdos, comiendo todo lo que nos habían dejado a mano los dueños, salimos y fuimos hasta la zona de Westminster repitiendo el paseo del día anterior. Se veía todo tan bonito bajo el sol de aquellas primeras horas de la mañana, que por una vez me olvidé de la cámara de fotos y me dediqué a disfrutar de las vistas. Eso sí, en cuanto apareció la silueta del Parlamento en lontananza me volvió el frenesí fotográfico.
Qué apañaos son los ingleses, te ponen una tienda detrás de Westminster y les queda hasta bien.
Esta vez no seguimos la orilla del Támesis, sino que nos dirigimos a St. James Park. Llegados a este punto, tengo que decir que los parques de Londres quizás no sean tan grandes o espectaculares como otros, pero son los más bonitos que he visto en mi vida. St. James es mucho menos conocido que Hyde Park pero infinitamente más bonito. De hecho, yo diría que es el Parque de los Parques.
Además, St. James cuenta con un bonus: las ardillas amaestradas. O mejor dicho, las ardillas que son más listas que el hambre, y como saben que la gente les da comida se acercan a todo el que pasa. Eso sí, si las llamas y resulta que no tienes nada, enseguida te dan la espalda con desprecio mientras te hacen un cortecillo de mangas con sus patitas peludas. Yo me volví loca mirando y llamando a toda ardilla que veía, y pude comprobar hasta dónde llega el amor de mi cónyujo: hay que querer mucho a una persona para pasarse minutos y minutos esperando a que termine de echarle piropos a las ardillas, sin amenazar con terminar la relación o acabar con su vida. Ah, el amor.
¡Qué bonico es!
Somos unos grandes paseadores, y sobre todo nos encanta pasear por parques grandes con mucho verde. Y aprovechando que estábamos en Londres y de eso tienen a porrillo, decidimos darnos una sobredosis de parque. Así que recorrimos todo St. James y atravesamos Green Park hasta llegar a Hyde Park. Estaba un poco deslucido porque en Londres no se deben estilar los árboles de hoja perenne, y estaban todos peladitos. El césped, eso sí, seguía siendo una alfombra verde que daba gusto pisarla. Como el día era soleado, había bastante gente, y siguiendo a algunas personas que parecían tener un objetivo llegamos a lo que vemos en la imagen de la derecha: ¡una feria navideña! Había varios puestos del mismo estilo que habíamos visto el día anterior junto al Támesis. Y como para los ingleses las Navidades son decididamente alemanas, nos compramos unos pretzels que nos supieron a gloria.
Seguimos hasta Kensington Gardens, donde yo pude disfrutar y echar fotos a mi antojo, ya que la vez anterior que estuve en Londres los vi muy de pasada. Los recorrimos hasta salir por Bayswater Road, que es una calle que bordea tanto Kensington Gardens como Hyde Park y llega hasta Oxford Street. Lo que nos encontramos al llegar allí nos confirmó que el verdadero espíritu de la Navidad reside en Londres, y no en los mercadillos de Europa del Este.
Además de la iluminación y los adornos en las tiendas y en la propia calle, a partir de cierto punto el tráfico estaba cortado y había un montón de gente; pero no todos estaban paseando: había gente disfrazada, gente pidiendo dinero para obras benéficas, otros cantando villancicos… el ambiente era tan animado y tan puramente navideño, la gente estaba tan alegre y tranquila disfrutando, que todavía cuando lo recuerdo se me ponen los pelos de punta.
Como Peter Pan me sentí paseando por Oxford Street.
El espectáculo discurría por toda la calle y también por Regent Street, por donde bajamos para regresar al b&b. La cosa fue tan mágica, que llegamos a ver a dos señores vestidos de traje y sombrero de copa, montados en los míticos velocípedos de una rueda enorme y la otra pequeña.
Ya por la tarde, volvimos a recuperar la ruta Tate-Parlamento-noria horrorosa. Aunque yo tenía muchas ganas de volver a ver el Puente de la Torre, que tiene un significado especial para mí, la caminata de la mañana nos había dejado tan exhaustos que cruzamos uno de los puentes anteriores para ir al centro.
En Londres en invierno el sol se pone sobre las 3 de la tarde (ouch!), así que ya con la noche encima seguimos dando vueltas hasta llegar sin saber muy bien cómo al Mercado de Covent Garden. Yo no lo conocía y me quedé prendada, en primer lugar por sus estructuras de acero tan inglesas, y sus puestos tan bohemios y cuidados al mismo tiempo. Además, tenía una decoración navideña preciosa por todos los lados, en la que no habían escatimado en luces. Tuvimos la suerte de además asistir al final de un concierto que estaba dando un cuarteto de cuerda allí en medio del mercado, completamente gratis; únicamente te pedían que si te había gustado, les comprases su disco que te vendían allí. Nosotros no pudimos porque andábamos bastante pelados de pasta, pero desde luego nos quedamos con las ganas.
Para mí Londres es una ciudad muy especial por muchos motivos, pero me fui de allí con la certeza de que entre sus muchos encantos, puede presumir de contar con el ambiente navideño más mágico y omnipresente que he vivido nunca.